Los Primos del Epi

El “Epi” es un bar muy conocido en la ciudad de Quito. En el se han contado y creado miles de historias, miles de aventuras y miles de emociones. Pueden ocurrir cosas buenas, cosas malas; puedes conocer a Dios, puedes conocer al Diablo, en fin. El “Epi” es de esos lugares fantásticos en los que la noche se hace larga y la madrugada se hace infinita.

Yo no soy de Quito, vine a vivir acá en busca de mejores tiempos e interminables emociones. Estaba recién llegada a esta hermosa ciudad y fui con unos amigos a tomar unas cervezas a este bar.

Estaba sentada en mi mesa compartiendo un momento ameno, risas, etc. Cuando en una mesa frente a la nuestra estaban dos muchachos. Altos, flacos, de cabello largo. Me llamaron mucho la atención.

Luego de intercambiar miradas y un constante coqueteo se acercaron a nuestra mesa, conversamos, nos hicimos amigos. Ellos contaban que venían de la ciudad de Riobamba y vivían aquí porque eran estudiantes de la Universidad Central. Eran primos.

No recuerdo bien que carrera ellos estudiaban, pero se entabló una amistad en todo el grupo y comenzaron las risas, más cervezas y por supuesto, más coqueteo.

En ese entonces yo aún fumaba cigarrillos y decidí salir al balcón a fumar uno. Francisco (así se llamaba el un muchacho) salió también a fumar su cigarrillo y a conversar conmigo. Se entabló una conversación muy amena y entre miradas directas y momentos de pausa, nos besamos. Sus besos eran apasionados, cálidos e incluso desesperados. Sus besos me hicieron perder el sentido del tiempo y lugar.

Entrada ya la noche, más o menos la una de la mañana, él me invitó ir a su departamento. A lo cual, con mucho gusto accedí. Sin hacer notar a nadie, sin despedirnos, nos fuimos para allá. Obviamente su primo también, los dos vivían juntos y no podían irse por separado.

Caminamos. Las calles eran oscuras, largas, hacía mucho frío y mientras caminábamos compramos una botella de alcohol.  Ese fue nuestro aliciente para el frío. Recuerdo que por donde ellos vivían había un parque, una iglesia y muchas, muchas casas alrededor.

¡Llegamos! Su casa era antigua, con piso de madera que resonaba al caminar, algunos cuadros y por supuesto, mucho desorden. Nos acomodamos en su sala, tenía unos sillones cómodos, algo descoloridos, pero para esa ocasión eran cómodos y precisos para el frío. Escuchamos música, conversas vienen conversas van, risas vienen, risas, van, ocurrencias, vienen, ocurrencias, van. Una madrugada amena.

Su primo, (que se llamaba Eduardo) se quedó dormido. Fue el momento preciso y exacto en el cual Francisco me soltó esa mirada de deseo y nos besamos. Besos cargados de pasión y de lujuria, besos desenfrenados que comenzaron a soltar los primeros gemidos de placer. Nos acariciamos y empezamos a dejar suelta toda la imaginación posible. Los besos no cesaban, las caricias se extendían. El, hábilmente metió su mano en mi pantalón y comenzó a tocarme, a tocar mi vagina con sus dedos, a mojarla. Yo no soporté la presión y también metí mi mano en su pantalón. Empezamos a desvestirnos. En ese sillón la pasión desbordaba. Él me sacó mi blusa. Sentía sus manos recorrer toda mi espalda, zafar mi brasier, acariciar mi cabello, mis senos, mi cuello. Sus labios recorrían mi cuello, mi cara, mis senos.

Un momento de silencio, una pausa… nos fuimos a su habitación.

Los besos eran cada vez más salvajes, más apasionados. Ni siquiera apagamos la luz, nada importaba en ese momento.

Besó mi cuello, besó mis hombros, beso mi cuerpo. Sentía un calor y un deseo incontrolable, que en un momento dado me rendí. Caí de rodillas frente a él, miré su pene erecto, grande, duro. No pude resistirme más y mi boca automáticamente se abrió para recibir aquel bocado.

Desnudos, mis labios acariciaban su pene de una manera salvaje, cada mamada lo hacía temblar, lo hacía retorcer de placer. Al no soportarlo más me tendió en su cama. Allí abrió mis piernas, mi vagina estaba húmeda, deseosa de sentirlo. Empezó a penetrarme. La penetración era fuerte, era profunda, era violenta. Sus movimientos eran descoordinados pero reacios. La agitación se tomaba nuestro pecho, el sudor comenzaba a salir.

Lo hicimos de muchas maneras. En cuatro, encima de él, parados, de espaldas… en fin. Cogimos, cogimos y cogimos. Con toda la pasión, con toda la fuerza, como dos ebrios sin importarles las consecuencias. Sus penetraciones eran profundas, violentas. Mis gemidos fuertes, desesperados.

De repente escuchamos un ruido, algo se tambaleaba, se movía y hacía crujir ese piso de madera. Era su primo Eduardo. Aún estaba ebrio. Se acercó a la puerta y nos miró. Nos contemplaba mientras hacíamos el amor.

El éxtasis en ese momento era tan alto que no nos importó. Mis piernas estaban en sus hombros mientras el me daba con toda su fuerza. No me importaba que Eduardo nos miraba, yo solo le decía con rabia: no pares, no te detengas, no pares. No me importa que nos esté mirando. Hazme, hazme el amor, ¡¡¡no pares!!!

De repente, mientras nos observaba empezó a masturbarse. Su cara era llena de gusto, de satisfacción y de sorpresa. Se masturbaba mientras veía como nosotros hacíamos el amor.

Me gustaban los dos, tengo que admitirlo. Quería acostarme también con Eduardo. Debía buscar un pretexto, buscar la forma de ver cómo acostarme también con él. Se me ocurre poner un pretexto para irme al baño, tardarme mucho tiempo ahí y tal vez Francisco cansado de esperar se duerma.  Francisco era muy zagas y me dice que no, que su primo nos está viendo y él está disfrutando eso. No pares, no vayas. Deja que él también lo disfrute. En ese momento me di cuenta que aquí iba a pasar algo más.

Regresé a ver a Eduardo y sin dudarlo le dije: ven. No lo dudó y se acercó.

No lo podía creer, voy a acostarme con los dos. ¡Me encantan los dos!

Eduardo se paró a mi lado derecho mientras Francisco con toda su fuerza me daba y me hacía el amor con mis piernas en sus hombros. Eduardo se ubicó frente a mi cara. Al verle su verga, grande, roja e inmensa la masturbé, la toqué con toda mi fuerza. En un momento la metí en mi boca.

Francisco me penetraba de frente, mientras yo mamaba la verga de Eduardo. Era sublime, era hermoso, era real. La adrenalina era tal que no recuerdo a qué momento Eduardo estaba acostado y yo encima de él. Francisco se acerca y abrió mis nalgas con sus manos; comenzó a penetrarme por atrás. Sentí la penetración de Francisco.  Los dos me penetraban. Los dos me cogían al mismo tiempo, con la misma fuerza, con la misma intensidad. Los dos me destrozaban. Los dos me hacían el amor como si el mundo se iba a terminar. Los dos me lo hacían con toda la violencia posible.

En un momento me viré. Quería ver los ojos de Francisco una vez más mientras me penetraba. Eduardo seguía acostado. Puse mi espalda a su pecho y Eduardo me penetró por atrás. Francisco se puso frente mío y sin dudarlo también me penetró, por delante.

Y así hicimos el amor por mucho tiempo, por muchas horas. Jadeando.

Los tres moviéndonos con violencia. Los tres dejándonos llevar por la pasión, haciendo el sexo más sucio y salvaje de mi vida. Haciendo uno de los tríos más deliciosos que pude haber hecho. Sentía los besos de Francisco, sus abrazos. Sentía como Eduardo me acariciaba, me cogía las piernas, me apretaba los senos, me mordía el cuello.

Esa doble penetración fue inolvidable. Terminamos juntos, los tres. Fue hermoso. Fue uno de los momentos más sublimes, hacer el amor y terminar los tres al mismo tiempo.

Al salir el sol no hubo despedidas, no hubo intercambio de números de teléfono, ni siquiera hubo un adiós.

Desde aquel día voy cada viernes al “Epi” a esperarlos y ver si hay otro intercambio de miradas, otro cigarrillo por fumar, otra aventura por realizar.

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